Fiesta de Navidad (14/12/2014)

Hay un mensaje publicitario que dice así: "La Navidad nos desamuebla la cabeza. Nada como el hogar para volvérnosla a amueblar".

Quizá los tiempos que corren, los problemas y la rutina del día a día hayan hecho que poco a poco vayamos desviando la mirada de la estrella que nos guía hacia Belén. Olvidando que un niño, nacido en un pesebre, cambiaría el devenir de los tiempos con su mensaje y su revolucionaria forma de vivir. 

Recordar esto, seguir la estrella que nos marca el rumbo hacia la salvación, nos daría otra perspectiva para actuar en estos días de fiesta que se aproximan y propiciaría que el resto del año fuera vivido como una auténtica fiesta... siempre puede ser Navidad.

Sobre este vivir diferente, a contracorriente, os quería contar una experiencia. Experiencia que quizá no salga de la normalidad, pues se trata de compartir un día en familia en el monte, pero que adquiere otro matiz cuando existe una disposición de salir de uno mismo para acoger al otro como un auténtico hermano, dejando al “hombre viejo” en la ciudad, adquiriendo así la palabra ‘familia’ su verdadero significado. 

El pasado domingo, 14 de diciembre, unas cincuenta personas, entre ellas niños, jóvenes y adultos, nos juntamos, sobre las 11 de la mañana en el Desierto de las Palmas, paraje situado en la provincia de Castellón y declarado parque natural. Recibe su nombre debido a la presencia de una orden Carmelita, orden que denomina como “desierto” a los espacios dedicados al retiro espiritual, debiéndose, la segunda parte, a la abundancia de palmito en la zona.

Para entonar el día, los jóvenes nos enseñan en qué consiste el ‘time-out’. Una iniciativa llevada a cabo por ‘Jóvenes por un Mundo Unido’. Se trata de un minuto de silencio para unos, de oración para otros, dedicado a la paz en el mundo. Nos regalan unas pulseras, hechas por ellos mismos, para que recordemos que todos los días, a las 12 de la mañana en todo el mundo, realizan este “parón”, invitándonos a unirnos a su iniciativa. 

Después nos dirigimos al Convento Carmelita, donde participamos con los padres carmelitas de la misa dominical, colaborando con los cantos y las lecturas, en un día tan especial para ellos como es el de San Juan de la Cruz. Ya que, no podemos olvidar, que la Orden de los Carmelitas Descalzos nació en España por la reforma que tanto él como Santa Teresa de Jesús llevaron a cabo en el siglo XVI de la Orden del Monte Carmelo. 

Finalizada la eucaristía, nos invitan a hacer una visita por su museo, tan rico de historia y de vida. Aprendemos, entre otras cosas, que después de 1835, la desamortización de Mendizábal, que ordenaba el incauto y la venta de los bienes de las órdenes religiosas, no se ejecuta en el convento pues el pueblo de Benicasim, agradecido por la ayuda recibida por los monjes en las epidemias de cólera, pidió la supresión de dicho mandato. 

Más tarde, nos desplazamos al albergue Santa Teresita, en lo alto de la colina, donde disfrutamos de unas maravillosas vistas, al fondo el mar Mediterráneo y la ciudad de Castellón. Pero el viento y el hambre nos empujan a su interior para disfrutar de un verdadero ágape, donde se comparte lo mucho o lo poco que cada uno ha preparado, cimentando así la fraternidad y la verdadera unidad. 

Y, como en toda familia, hay que ser agradecido con quien ha cuidado de ella, por eso obsequiamos a José Luis y Carmen, responsables en estos últimos años de la comunidad de los Focolares en Castellón, con un pequeño detalle donde se puede leer: “nada es pequeño si está hecho por amor”. 

Llegamos a la parte lúdica. De la nada surge un castillo con su puente levadizo, un pesebre, aparecen en escena María y José, ángeles, estrellas en el firmamento, romanos, pastores, Herodes, los magos de oriente subidos a lomos de sus camellos… ¡ha nacido el redentor! Y, te preguntarás, ¿todo esto para qué? Para dejar salir al niño que todos llevamos dentro, recreando y representando el nacimiento de Jesús, porque la Navidad también consiste en eso, hacerse como un niño, ese niño evangélico que se fía siempre de su Padre, esperanzado en el mensaje de salvación que nos trae su Hijo. 

Pero a este hermoso cuadro navideño que estábamos pintando le faltaba su árbol de Navidad, que es improvisado, con platos de plástico que harían de hojas y un trozo de cartón de tronco, y adornado con estrellas llenas de buenos deseos y felicitaciones para estas próximas fiestas. 

Antes de bajar de nuestro particular “monte Tabor” para volver a la ciudad, cansados físicamente pero “con las pilas bien cargadas”, cada uno se lleva una estrella de nuestro improvisado árbol que, además de recordatorio de la vivencia del día, nos servirá de guía hacia dónde tenemos que caminar para llegar al portal de Belén. Y con la certeza de que, si nos amamos, cada día puede ser Navidad, nos despedimos con el deseo de volver a vernos pronto.

2 comentarios :

  1. Gracias por el relato de un día estupendo en familia.
    Salvador e Isabel

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    1. Gracias a vosotros por contribuir a llenar cada palabra del mismo de vida.

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